El voyerista del motel

Supongamos que era una noche de invierno en Santiago. Mi amigo lucía con éxito sus mejores dotes conquistadoras con una chica bastante esquiva que lo traía de los pelos desde hacía ya algún tiempo. Supongamos que fueron a cenar a un lugar bonito y que pidieron vino abundante. Supongamos que él se puso cariñoso de modo planificadamente espontáneo, y que ella respondió, acostumbradamente sorprendida.
El caso es que -ya fuera de toda suposición- llegaron hasta aquel famoso motel de calle Marín para continuar la cena, esta vez con otro menú. Todo anduvo bien, según cuenta él (no quisiera dudar ni tampoco imaginar detalles que no me competen), y ya estaban en el cigarrillo de rigor cuando todo sucedió.
Desnudos, abrazados, conversando anda a saber tú qué cosas, sintieron que la puerta de la habitación estaba siendo forzada. Era de esas puertas que se cierran por dentro, pero que por fuera tienen una ranura que rápidamente obedece al giro de una moneda de cien pesos. Parece que era justo lo que tenía en la mano la persona que intentaba abrir, porque, tras cinco minutos de lucha -eternos y aterradores minutos para la pareja- abrió.
Y no sólo abrió: además entró. Él pensaba "esto no puede estar pasando, esto NO ESTÁ pasando", y dudaba entre abalanzarse contra el intruso para defender a su chica y quedarse acostado, tal vez hacerse el dormido para no encarar el atroz bochorno.
El intruso, ebrio -pero vestido- caminó unos pasos por la pieza, y mi amigo, sin saber cómo debía reaccionar ante tamaño inconveniente, le dijo, desde la cama y con las sábanas al cuello "está ocupado". Como él pareció no oírlo y seguía avanzando, volvió a decir "está ocupado", esta vez con voz autoritaria.
El tipo los miró sin prisa, y se fue tranquilamente. Mi amigo saltó entonces -en cueros- de la cama y afirmó la puerta, no fuera cosa de que el otro se arrepintiera. Le ordenó en tono comando "¡vístete!" a la acompañante, mientras él se cargaba contra la madera con todo su peso -que no es poco.
Un poco paranoica, patidifusa, la chica se vistió, ya despojada absolutamente de toda sensualidad y erotismo, y sólo cuando estuvo vestida mi amigo abandonó su puesto para vestirse él.
Cuando salieron, el tipo todavía estaba afuera, vociferando para que le trajeran un par de "niñas" a su habitación, ante la súplica de quienes atendían el motel para que se fuera de una maldita vez.
Él me lo contó riéndose, pero a mí me pareció hasta peligroso. Si a eso le agregamos el mito urbano de las cámaras en los espejos, no sé si me interesa volver a pisar un motel alguna vez. Creo que no... aunque dependerá del estímulo, supongo.
7 Salenas, treguas y catalas:
hummmm es dificil creer que no te ocurrio ... y que no te escondes tras una narracion en tercera persona, que ademas resta adjetivos y colores a una interesante historia
de todas formas puede que esta sea la razon por la que te sugieren con tanta insistencia un viaje al caribe
wow! espero nunca contar una historia de esas... :S
Al menos que no me ocurra en la primera cita pues... jajaja. Como tanta malacue...
Saludos
jaja
claro.. depende del estímulo. A vece svale la pena arriesgarse :P
Pero volvieron a salir?... ojala no se le haya espantado la muchacha con tanto alboroto.
Saludos
Nefele
Moraleja: No hay que ir a cualquier motel, menos a los que son prostíbulos clandestinos... no habrá sido en la calle Garcés, por ahí?
lo pensé, pero olvidé comentarlo: la imagen me recuerda las "momias chinchorro" de Arica... en fin
Abrazos, besos...
Buena anécdota... al menos se dejó leer hasta el final... Tanto tiempo sin pisar un motel...mmmmm...no sé qué pensar...
saludo felino atigrado!!!
Bastante buena la historia pero me asusta un poco, pensaba ir por primera vez a uno... jajaja
Lo pensaré un poco antes de ir.
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